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Crónica de un fracaso anunciadoCuando se declaró el alto el fuego permanente por parte de la banda terrorista todos los españoles, aun escépticos, nos llenamos de esperanza pensando que esta era la ocasión para terminar con tantos años de violencia. A medida que el tiempo iba transcurriendo y la opacidad informativa del gobierno daba pie a todo tipo de cábalas, los terroristas y sus satélites manifestaban una y otra vez sus objetivos irrenunciables de autodeterminación, territorialidad y presos; los mismos que han reivindicado durante toda su existencia sin anteponer la entrega de las armas. El Congreso autorizó a Zapatero a iniciar el diálogo con los terroristas una vez constatada su voluntad inequívoca del abandono de la violencia. Diálogo, no negociación, para acordar la entrega de las armas y que, en ningún caso, podía tener contraprestaciones políticas. Los acontecimientos se han ido sucediendo de tal forma que, a pesar del pacto de silencio de los medios de comunicación, lo que se trasladaba a la opinión pública era inaceptable para cualquier demócrata. Se comenzó, desde los poderes del Estado, a realizar concesiones tales como bajar la presión policial y judicial, consentir que todos los días Batasuna, un partido ilegalizado, realizase manifestaciones y ruedas de prensa, que el PSE-PSOE se reuniese oficialmente con los representantes de Batasuna, que el mal llamado proceso de paz se internacionalizase buscando el apoyo del Parlamento Europeo. Para los socialistas no eran concesiones sino pasos firmes hacia la paz. Se suele afirmar que lo que mal empieza mal acaba, y así ha sucedido. Años de experiencia en la lucha contra el terrorismo, declaraciones anteriores de tregua que terminaron siendo treguas-trampa, que sólo sirvieron para la reorganización y el rearme de la banda, no se tuvieron en cuenta a la hora de valorar el alcance de la nueva situación. El Zapatero andante, cual caballero iluminado, pensaba que podría engañar a los terroristas esgrimiendo su sempiterna sonrisa y blandiendo su talante; dando mandobles al aire, como habitualmente hace, creyendo que podía prometer y corregir a conveniencia lo prometido, alargando el proceso hasta las próximas elecciones para perpetuarse en el poder. Pero ensimismado en su inocencia no se daba cuenta que en política no se puede actuar permanentemente desde la frivolidad y más cuando los interlocutores son terroristas, porque no se lo iban a consentir. Hizo oídos sordos a los llamamientos de las victimas, del principal partido de la oposición y de numerosas organizaciones, que constataban cómo la banda terrorista seguía con sus chantajes, extorsiones, violencia callejera y atentados; otra tregua-trampa para reorganizarse y rearmarse (aunque el Gobierno dijera que eran hechos aislados). Para el ejecutivo todo eran accidentes coyunturales y con mirar hacia otro lado el obstáculo estaba salvado. Al final, aún desconociendo lo que Zapatero les prometió (aireado profusa y convenientemente por el diario GARA), estaba claro que las contraprestaciones políticas, argumento por el que llevan matando tantos años, eran imposibles de conceder si no se derogaba la constitución y las leyes. Tarea hoy por hoy imposible, por mucho que fueran los deseos del encantador de serpientes. La consecuencia de la ambigüedad y de las promesas incumplidas fue el terrible atentado del 30 de diciembre, según los propios terroristas; cuantiosos destrozos, heridos y dos muertos. Balance generoso para lo que podía haber sido. El paseo triunfante del presidente el día 29 se truncó al día siguiente para mostrar la cruda realidad: los terroristas hacen lo que mejor saben hacer. El punto de inflexión no se produjo el fatídico 30 de diciembre, sino el día que Zapatero accedió a presidente de todos los españoles. Ha sido la crónica de un fracaso anunciado en el que la salida más digna hubiera sido el adelanto electoral y no una huida hacia adelante sin destino. Porque es de sabios equivocarse, pero de necios permanecer en el error.
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