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El año que viene, ¿qué será?Se empeñan en implantar en la sociedad los principios laicistas que relegan al ámbito puramente personal todo lo que tenga relación con la religión. Imaginábamos que, en estas fechas recien pasadas, los adornos y las luces desaparecerían de nuestras calles para que, de forma explícita, quedase demostrado que los españoles hemos evolucionado tanto que no celebramos la Navidad. Pero este año no ha calado tan profundo ese pensamiento laicista que promulgan los socialistas como un sentir colectivo de los ciudadanos. Así pues, un año más hemos conmemorado el nacimiento del niño Jesús, con todo el esplendor de unas fechas tan familiarmente entrañables. Quizás el año que viene las calles de nuestros pueblos y ciudades dejen de iluminarse tan ostentosamente, se supriman los belenes, desaparezcan los árboles adornados y los símbolos religiosos se reduzcan a las iglesias y al interior de cada casa, sin ninguna manifestación exterior que pueda alterar la normal convivencia entre los vecinos. Quizás el año que viene sólo celebren la Navidad quienes se consideren cristianos. Eso sí, con mucho cuidado de no hacerlo públicamente para no ser sancionados por alteración del orden público. Quizás el año que viene, o el próximo a mucho tardar, ya no habrá Navidad para no herir la sensibilidad de quienes no profesan la religión cristiana.
Probablemente estas fechas pasarán a ser unas fiestas más que, sin carácter religioso, figurarán con nombres acordes con los sentimientos de la nueva sociedad española: el día de la ciudadanía, el día del descanso productivo, el nacimiento del Estado laicista… A los cristianos se les prohibirá celebrar externamente sus fiestas, aunque otras religiones minoritarias, por eso de la pluralidad de culturas, no tengan ningún impedimento. El objetivo son los cristianos, si no celebran sus fiestas se conseguirá que la convivencia entre los ciudadanos sea más perfecta y se asiente sobre bases más sólidas que evitarán el enfrentamiento y la provocación que condiciona las relaciones humanas. Los ciudadanos olvidarán veinte siglos de historia, convivencia pacífica y respetuosa incluida, gracias a la religión y al humanismo cristiano, reescribiendo la memoria para crear un nuevo modelo de sociedad progre y laica. Sus valores y principios constituirán un mínimo común ético que, tras el adoctrinamiento de la educación para la ciudadanía, creará individuos con una conciencia libre y comprometida. Es decir, el cristianismo, como religión monoteísta, es fundamentalista y establece fronteras en las relaciones entre los ciudadanos. Sin embargo la educación para la ciudadanía, desde un concepto laicista, creará individuos para el voto cuya libertad de conciencia sólo les permitirá mirar hacia la izquierda política. El Estado quiere controlar nuestras conciencias como garantía a su pervivencia. No habrá cabalgata de reyes. Papá Estado se encargará de satisfacer, en aras del laicismo, las ilusiones de los pequeños. Habrá desaparecido la magia de la Navidad, pero qué importa. Seguro que el año que viene si no es por convicción ciudadana, será por imposición legal el que todos veamos con naturalidad que no haya Navidad. Si afianzamos nuestras creencias poco podrán hacer quienes, apagando las luces en nuestras calles, pretendan apagar también nuestros sentimientos. Seguro que la navidad ha sido un buen momento para reflexionar sobre lo que tenemos y nos quieren quitar.
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